La fuerza de los volcanes

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Popocatépetl en náhuatl significa «montaña que humea»; entre 1994 y 2008 lanzó 30 megatoneladas de gases, de acuerdo con datos del Instituto de Geofísica de la UNAM. En las comunidades que se están a 15 kilómetros a la redonda se encuentran los graniceros o tiemperos, uno de los sacerdotes que tenían los pueblos nativos para protegerlos de las tempestades que arrasan con los cultivos.

 

¿Pero cómo se elige a un granicero, nace o se hace tiempero? A los seleccionados, por decirlo así, les cae un rayo; si sobreviven, pasan a la contada lista de personas que se convierten en los protectores y cuidadores de los volcanes. Otros, como Doña “S” jefa de tiemperos de una de las comunidades rurales de las faldas del Popo, fue elegida por su abuela y pertenece a un linaje de graniceras que tiene 16 generaciones y registra su fundación a finales de los 1500.

 

Tiene el poder de curar desde los sueños; “ellos deben darme un objeto personal para buscarlos y verlos en mi sueño y saber qué tienen”, dice mientras le quita las hojas a unos elotes ansiosos por zambullirse en el agua hirviente de un bote de lámina cuadrado, calentado en una fogata encendida dentro de una choza. El piso es de tierra. Su mirada transparente. Su cabello cano sujetado en dos trenzas le cae sobre los hombros. La sanación es un Don y el poder se hereda de madres a hijas de graniceras, comenta, pero con ella pasó algo extraño: el mando no se lo heredó su mamá sino su abuela, hubo un salto inesperado en el traspaso de uno de los linajes más antiguos de curanderas que existen en las faldas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, donde aún se encuentran grupos sociales que conservan rasgos, lengua y tradiciones que vienen desde antes de la invasión española.

 

-¿Irme de aquí donde mi familia ha permanecido al menos 500 años? No me voy a ir de aquí. Aquí he vivido toda mi vida y los abuelos de mis abuelos, dice doña “S”.

 

En la cabecera municipal, Amecameca, Estado de México, hay muchos puestos comerciales donde se venden fotografías de diferentes tamaños en las que aparece el Popocatépetl lanzando fumarolas; las imágenes se venden como si se tratara del póster de un cantante de moda o un luchador de la WWA venciendo a su mercadotécnico rival, pero no, se trata del gigante milenario que embellece el paisaje de la zona metropolitana del Valle de México.

 

La carretera que lleva de Amecameca a los volcanes pasa por una comunidad que si no fuera por los niños que juegan en la calle, pensaría que está deshabitada. En este lugar semirrural se guarda uno de los milenarios secretos de las faldas de los volcanes: los granicerosUno de los sacerdotes que tenían los pueblos nativos para protegerse de las tormentas y nevadas que destruían las cosechas, por ende, el alimento de los próximos meses. Los mitos hacen referencia a hombres y mujeres que salían con un bastón, una escultura de la Virgen de Guadalupe o una cruz en plena tempestad para enfrentarse a ella y con su “arma” alejarla. No es broma. Por eso son de los más respetados en sus comunidades, por eso les llaman tambiéntiemperos y se guarecen en el anonimato de su gente en varias comunidades que viven en los alrededores del Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

 

Cada 3 de mayo congregan a su grupo social para llevarlos a los 13 templos secretos que existen en los volcanes que ellos amorosamente llaman María Blanca y Don Goyo. Mientras que para el resto de los mortales se trata sólo de dos formaciones geológicas, ellos ven algo más que eso: un despertar, el llamado a un cambio como sociedad. Por eso cada fin de semana entre 50 y 100 personas acuden a los lugares sagrados a realizar misas. Bajo el manto del catolicismo se percibe la presencia de Tonantzin. Aunque ya no hablan el náhuatl, su español cristiano parece invocar a la diosa nativa de la tierra cada vez que se menciona “María”, “Virgen de Guadalupe”.

 

-¿Irme de aquí aunque haga erupción? No me voy a ir de aquí. He vivido toda mi vida en estas tierras y los abuelos de mis abuelos fueron protegidos por Don Goyo, dice mientras su rostro arrugado se asoma hacia el cráter del volcán del que se considera su sacerdotisa.

 

 

 

“La escritura, el último reducto de la soledad”

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Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) sólo le interesa la soledad, “aunque llegar a la ciudad de México siempre es un placer, es una metrópoli a la que le hice un texto que no formaba parte de mis planes”, dice perfectamente sentado sobre un sillón de estilo victoriano de un hotel del centro de la capital mexicana. “ni siquiera he hecho eso con una ciudad como la que vivo, Barcelona”. Sobre la soledad añade: “Tal vez llegue a la literatura como una coartada porque me gusta estar solo”.

 

-¿La escritura le es suficiente como medio de expresión, no necesita de la fotografía, el cine u otra disciplina?

-No. No me interesa otra cosa que no sea escribir. Me he rehusado a propuestas de realizar adaptaciones de mis obras para el cine y la televisión. La práctica de la lectura y la escritura sin duda es es la última forma de la soledad que es respetada socialmente. cualquier otra soledad preocupa a los demás como si estarlo fuera algo raro. Quizá tal vez por eso llegue a la literatura: porque me gusta estar solo y la uso como coartada.

 

-¿Qué opina del discurso que pontifica la literatura que emerge de las redes sociales o los blogs?
-Tengo una visión por completo resignada, aunque no vencida, de las cosas: quien quiera escribir a la vieja usanza sin recurrir a las herramientas de difusión y edición que provén las redes sociales y los blogs, que lo hagan. Sin embargo, hasta el momento no ha aparecido la gran novela surgida en Facebook o Twitter. Sigo sin verlo. No tengo porque convencer a la gente de que leer es una actividad agradable, que no necesita el perfume tecnológico para resultar fantástico.

 

Su mirada es profunda, dura y oscura. La mezcla con su tono argentino-español.

 

 

-¿Tiene una aversión a los ebooks?
- No, pero yo disfruto la lectura que comienza desde el momento que me llaman de la librería para avisarme que llegó el texto que buscaba. Lo que pasa con el libro es que todo mundo cree que está hablando del libro del futuro cuando en realidad sólo se refiere al futuro del libro. La gente sucumbe al mundo del diseño bajando aplicaciones que nunca va a utilizar o le van a servir. El mercado está planteado de esta forma: que el próximo año la empresa te haga creer que no estas a la altura que necesitas actualizarte y comprarte la nueva versión del gadget, como un loop.

 

 

Toma una pausa de unos segundos. Su mirada se pierde en los enormes lentes que usa como si en los cristales estuvieran las palabras que busca para continuar. “Los libros y las buenas historias no tienen que someterse a la mercadotecnia incesante de las actualizaciones del mundo de ciberespacio y la tecnología como si fuera una guerra armamentista. “Ana Karenina” sigue siendo tan actual como desde que se publicó por primera vez, un clásico no responde a las modas del tiempo y el espacio. No tienes porque estarla actualizando o agregarle súperpoderes”.

 

Entre sus palabras ahora surge un comentario sobre el lector contemporáneo, el que lo mismo recurre a los impresos como a los que descargan los textos de internet. “Hay dos tipos de público: el que se sienta a ver al mago sólo para descubrir cómo hace el truco y también está el otro: el que llega, se sienta, se relaja y quiere ser sorprendido. Yo soy de éstos últimos. La gracia de escribir es moverte en la oscuridad luminosa de desconocer a dónde vas o a dónde llegas”.

 

En 2001 escribió la novela “Mantra”, un texto por encargo sobre la ciudad de México. Al respecto dice que su relación con la capital mexicana “viene desde hace muchos años: desde la época en que vivía en Buenos Aires cuando llegaban toda clase de películas de luchadores, mariachis, telenovelas, comics. Mi esposa y mi hijo son mexicanos, lo que hace que mi relación sea más íntima, estrecha.

 

Para concluir enfatiza que “ahora ya estoy llegando a la edad de la relectura. Es el momento en que vuelves a esos libros que leíste rápidamente y mal en tu juventud o no con todas tus facultades desarrolladas. Siempre regreso a John Cheever, Kurt Vonnegut y Marcel Proust; “si me dijeras que sólo tengo tres autores para arreglarme el resto de mis días optaría por estos tres escritores, con ellos tendría suficiente”.

 

Estuvo en la ciudad de México para participar en el coloquio Nuevas Escrituras, Nuevas Lecturas del Festival de México en el Centro.

Memorias rescatadas de la basura

Desde hace cuatro meses se encuentra desaparecido el tío Roberto, no se llama así, pero hay quienes no quieren que sepa de esto. Hay quienes aseguran que existe una banda  de agentes federales y capitalinos coludidos con una banda de robo a transportistas que opera en el oriente de la Ciudad de México. “Los policías hasta les prestan sus uniformes y patrullas para que vayan a detener a los traileros en falsos operativos carreteros” para quitarles su mercancía y transportarlas sin sospecha hacia bodegas clandestinas que surten a los tianguistas de varias zonas del DF.

 

La última vez que lo vi fue en una de las calles de un barrio de la ciudad donde me aconsejó que no volteara a ver a la mujer que venía por la esquina con su vestido-minifalda, luciendo cadenas y pulseras de oro (no sé si de chapa), cabello teñido de rubio, sandalias, labios pintados de rojo carmesí, desplazándose por la banqueta como si se tratara de la alfombra roja del Óscar. “No la veas, hazte pendejo. Mira para otro lado”, dijo la voz rasposa del tío. Concentrado en la influencia del Topus Urano en el insoportable calor y la ferocidad de las personas por destruir a quienes los miran, llegó el aroma alquímico de sus perfumes que se abrían paso entre taquerías, talleres mecánicos, la basura estancada en las banquetas, el humo de la mariguana que llegaba de indeterminados epicentros y el sudor. Una película mental dentro de otra película donde ella era la exótica mujer que se paseaba en un barrio sin futuro como un pavo real de zoológico en domingo.

 

“A ella le en-can-ta que los hombres la morbosien sólo para que su macho salga de su casa aachicalar a los que observan a su esposa”. Una araña que tiende la trampa. “Su marido acaba de salir del Reclusorio Oriente donde ha estado muchas veces por  los delitos de homicidio y robo. Es uno de los jefes del penal, ya no tarda en regresar, se ve que no es muy feliz afuera”. Aquí cada rato vemos cómo ella primero enfrenta a sus acosadores con un “qué me ves pendejo” y tras varios insultos, los cachetea y cuidadito con que le respondas algo… ¡uy! porque enseguida va por su macho para que destroce de una vez por todas a los que la miran… y como es uno de los pesados del penal, pues nadie mete las manos porque encima no viene solo: siempre trae a cuatro escoltas armados que lo siguen a todos lados”. Nada nuevo: la historia de las víctimas y los victimarios de siempre con el extra de la dama que se excita al ver cómo los puños de su hombre le rompen los huesos al que minutos antes se atrevió a meterla al castillo de sus fantasías.

 

No hay denuncia ante las autoridades por su desaparición.

 

La última vez que lo vieron iba en su vehículo por la carretera México-Querétaro. Hallaron el automóvil con las puertas abiertas, cocaína en la guantera, sangre del lado del conductor, una mochila con dos armas y una botella de ron sin tapa.

 

Los familiares sospechan quiénes fueron los que se lo llevaron y porqué. Creen que a la mejor ya no está con vida, pero no pierden la esperanza de recuperarlo sano y salvo.

 

Las calles salvajes son como potros indomables que necesitan de valientes Quijotes dispuestos a morir en el intento. Esa es una de las formas de escalar de nivel en la cadena alimenticia del reino de los suelos. En el mundo de los aztecas la única forma de ascender era convertirse en un gran guerrero para que los tlacuilos (los escribas) lo rescataran del basurero de la historia, de lo contrario, sólo quedaba el olvido, la sumisión, la esclavitud, la nada. Para unos, la ruta no es como la de los antiguos guerreros que anhelaban la muerte en el campo de batalla para honrar a sus dioses. Ahora no hay dioses, no hay futuro, sólo un árido desierto de ambiciones. “Nos metimos dos ácidos para bajar todas las motonetas de un tráiler esta noche”, dijo una tarde de domingo uno de los ayudantes del desaparecido tío Roberto. “Nos fue muy bien en el trabajito, todo salió bien. Le dimos su mochada a los policías para que nos escoltaran hasta acá”, añadió sonriendo como si se hubiera tratado de una travesura de niños de primaria durante el recreo.

Nostradamus bolea zapatos en NeoTenochtitlan

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“Te boleo los zapatos por 15 pesos y te leo la suerte gratis”, dice en tono alto una voz barrial que se expande por la calle ruidosa. Un hombre delgado con ojos claros como de tigre se clavan en las páginas de un rotativo de nota roja mientras la gente pasa a su lado y lo escucha sin detenerse. Su caja de boleo está adornada con unos pequeños retratos enmicados de personas que aparecen con manchas de colores fluorecentes alrededor de sus rostros para darles un ambiente parapsicológico, como esos donde se ejemplifica el aspecto del aura.

 

“Treinta mujeres en el comedor de Kímica Nohóltl me preguntaron que cómo quería llamarme y les respondí que Lustradamus, porque le lustro el calzado y te leo el futuro”, agrega en tono sonriente mientras acomoda a su clienta con botas de punk. Levanta el pantalón para no ensuciarlo y comienza a limpiarlos del polvo con un cepillo. Su nombre “cósmico” hace evidente referencia a Michel de Nôtre-Dame, conocido como Nostradamus, famoso astrólogo provenzal que vivió entre 1503 y 1566 y que es citado hasta ahora por su obra “Las verdaderas centurias astrológicas y profecías” publicada en 1555.

 

Una pregunta del tamaño de la inabarcable NeoTenochtitlan sería ¿Lustradamus es el único bolero de la ciudad que lee el aura, pasado, presente y futuro de sus clientes? ¿Todo por el mismo boleto?

 

Cuatro días antes de la elección del Papa pronosticó que el pontífice sería “trigueño y de mente traviesa” (según un texto que reparte a cada uno de los que llega con él a darse bola) así como que en la ciudad de México habrá un fuerte sismo oscilatorio de 7.7 grados que dejará muchos daños este año y la erupción del Popocatépetl. “A mí me dicen el azote de los adivinos; he enfrentado al Brujo Mayor que en todas sus predicciones se equivoca; yo ya me salgo de mi cuerpo para reunirme con Seres Superiores”, presume Lustradamus a la vez que no deja de atender el calzado alto de su clienta a la que ahora le pregunta:

 

-¿Quieres que te diga de qué color es tu aura?
-Sí

 

Luego de cerrar los ojos alrededor de 10 segundos y sin abrirlos describe: “Es amarilla y roja, lo que manifiesta que eres una mujer muy sensible, te entregas a los demás, te gusta ayudarlos y tienes muchas reencarnaciones en esta vida. Tienes a una mujer que ye ha ayudado a salir de los problemas más fuertes”.

 

-¿Una mujer?, ¿Quién? -dice ella con sorpresa.

 

-Sí, ella”, explica y señala hacia hacia su izquierda, a una parte donde sólo se ve una cortina oxidada de un comercio. La chica voltea, pero no ve nada. Son los personajes de la metrópoli. “Desde los cinco años tengo esta capacidad para ver los seres del mundo metafísico. Toda mi vida me la ha pasado boleando en diferentes partes de la ciudad. Si quieren verte busquen en Youtube donde tengo 10 videos. Sólo les quiero decir que el planeta se inclinará más. Vendrán más sequías, aguaceros, tsunamis, etcétera.

 

Ah, vean sólo las virtudes de sus seres queridos”.

 

En el poliedro de la vida cotidiana unos buscan encarar el presente con la ayuda de brujos, hechiceros, chamanes, tarotistas, sacerdotes y demás integrantes de la vida mágica. Unos llegan a esa esfera sin querer, cuando Lustradamus en lugar de extenderles un periódico para repetir el ritual autista de la boleada les dice que viene y va al mundo los espíritus. Así es la ciudad. Un laberinto con pasajes secretos y personajes que sobrepasan la ciencia ficción.

 

 

Santa María la Ribera

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                                                   [ foto y videos :   @urbanitas ]

Se habla poco de Santa María la Ribera, pero es una de las zonas de la Ciudad de México que mezcla su pasado arqui- tectónico y presente como una galería que permite ver cómo era la metrópoli al menos hace 50 años. Fue construida en 1861 luego de que fue fragmentado el rancho de Santa María la Ribera, al norte de calzada de San Cosme, donde se encontraba la Hacienda de la Teja. Ahora todavía conserva ese ambiente de barrio con sus comercios, cantinas, museos y viejas casonas que se mezclan con los nuevos edificios que nacen del impulso inmobiliario.

 

Salvador Novo decía que la nomenclatura correspondía a la “botánica forestal (que) alternaba con la floricultura -chopos, cedros, naranjos, pinos, nogales”. El kiosko Morisco es uno de sus símbolos emblema. Fue construido entre diciembre de 1884 y mayo de 1885 por el ingeniero José Ramón Ibarrola para el pabellón de México en la Exposición Internacional de Nueva Orléans la Feria Internacional de San Luis Missouri. Cuando Porfirio Díaz mandó a realizar el Hemiciclo a Juárez en la Alameda Central, para las festividades del Centenario de la Independencia, lo mandó a su lugar actual.

El Museo del Chopo, en la calle Dr. Enrique González Martínez, es otro punto de referencia en Santa María la Ribera. Se trata de un impresionante edificio traído en partes desde Düsseldorf, Alemania, donde fue sede en 1902 de la Exposición de Arte e Industria Textil. Es una estructura de estilo Jugendstil prefabricada y desarmable, diseñada por Bruno Möhring para ser cuarto de máquinas de la metalúrgica Gute-hoffnungshütte. Entre 1903 y 1905 lo ensamblaron: sus torres miden 47 metros de altura y la nave principal 32 metros. El 2 de septiembre de 1910 fue inaugurado por Porfirio Díaz como sede de la exposición de arte industrial que realizó el gobierno de Japón. En 1917, durante el gobierno del presidente Venustiano Carranza fue convertido en el Museo Nacional de Historia Natural. En 1973 lo reclama la UNAM para abrir sus puertas como centro cultural en 1975. Hace poco fue remodelado por el arquitecto Enrique Norten.

 

Otro lugar importante es el Templo de los Josefinos o de la Sagrada Familia (Santa María La Ribera 69), cuya primera piedra fue colocada el 23 de julio de 1899 por el padre José María Vilaseca y el ingeniero José Torres. El altar principal se encuentra decorado con una escultura de la Sagrada Familia y una imagen de la Virgen de Guadalupe del siglo XVIII. Los vitrales y su estilo neobizantino y neogótico son una de las joyas de la colonia.   Para no dejar de mencionarlos, entre los sitios importantes se en- cuentran el Museo de Geología de la UNAM (Jaime Torres Bodet 176), inaugurado el 1 de julio de 1904 como Instituto Geológico Nacional; la Casa de los Mascarones (Avenida Ribera de San Cosme 71). En la calle Sor Juana Inés, casi esquina Sabino, está el antiguo Templo de Nuestra Señora de la Salud, ahora Teatro Sergio Magaña. Para romper con la idea dominante en el siglo XVII de que sólo la Ciudad de México eran el primer cuadro en torno al Zócalo, Santa María la Ribera se abre como una oportunidad para conocer más acerca de la vida de esta metrópoli que guarda sus tesoros históricos a la vista de todos.  

 

 

 

Cyborgs en la Ciudad Spam

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La ciudad se regenera en los espacios destinados a la publicidad. Imágenes de escenarios delirantes instalados en las calles como calles en espera de víctimas que caigan enganchadas en sus banales discursos mercantiles. Algunos expertos sentencian que un cartel no fallido debe entenderse en sólo dos segundos, de lo contrario no cumple su cometido. En esto somos expertos omnívoros del spam, mensajes no solicitados en todo momento. Hans Magnus Enzensberger explica que la técnica del cartel forma parte de la industria formadora de las conciencias, es decir, que son máquinas de anunciar que evolucionan con ayuda de las nuevas tecnologías como el cine y el ciberespacio.

 

Al respecto, John Zerzan señala en El crepúsculo de las máquinas que la acumulación de símbolos desajustó la máquina decodificante de signos para atrofiarla hasta el nivel en que de forma “natura” y sin darnos cuenta logremos reprimir nuestra experiencia no mediatizada de lo que vemos, sentimos y pensamos para llevarnos, como alertó Sigmund Freud, a un estado de “infelicidad permanente interna”. Pone de ejemplo la historia de la novela Las partículas elementales de Michel Houellebecq en donde se captura la menguada y desilusionada modernidad en donde la clonación se convierte en Redención, con ello la civilización ha fracasado y la humanidad termina sometiéndose por completo a la dominación. “Hemos sido rebajados y empobrecidos al punto que estamos forzados a preguntarnos por qué la actividad humana se ha vuelto tan hostil a la humanidad -sin mencionar su enemistad hacia otras formas de vida en el planeta”.

 

Sobre este punto, Antonio Negri y Giuseppe Cocco ponen énfasis en las periferias de las zonas metropolitanas en su trabajo “La insurrección de las periferias”, donde las ven como unos “campos de concentración” del mundo contemporáneo, época en la que los poderes políticos del Estado-Nación comienzan a declinar y se ve con mayor claridad la relación que tiene con el campo, vista como una reivindicación de una identidad no cosmopolita, menos histérica, controlada por los medios de control y de resignificación de los mapas mentales de los individuos. “En efecto, los jóvenes saben lo que no quieren, pero aún no saben lo que quieren. Pero, en la insurrección de las periferias francesas o brasileñas, la fuga del campo ya diseña horizontes radicalmente abiertos y nuevos: las insurrecciones de las periferias nos muestran que los habitantes de los campo son la materia viva, la carne de la multitud de la que está hecho el mundo globalizado”.

 

El filósofo Paul Virilio sugiere que en algunas grandes ciudades ya los corporativos globales deciden el porvenir del mundo desde sus centros financieros, donde lo económico está por encima de la política. Algo similar ocurre en la Ciudad de México, una metrópoli donde ya casi se extinguieron las aves a causa del envenenado cielo, donde los cyborgs urbanos tejen sus hilos existenciales con pensamientos, fotografías, recuerdos, mensajes SMS y van presurosos por las calles o en el vientre de la serpiente metálica que recorre el subterráneo de la neo Tenochtitlán. Si la arquitectura de la felicidad se basa en el olvido, entonces encaja a la perfección esa tecnología del cartel, de los nanosegundos de comprensión del mundo de la ciudad spam.

Un disco duro de la ciudad

                                               Se encuentra en Doctor Olvera 15, colonia Doctores  (Fotos: Filemón Alonso-Miranda)

 

Sí, entre las cosas que uno puede encontrar en la ciudad de México es una vieja casona de más de 70 años de antigüedad enclavada en una colonia popular convertida en la galería de los hallazgos de Roberto Shimizu, hijo de emigrantes japoneses que llegaron al país en los años 30 procedentes de Tokio. Dice que el Museo del Juguete Antiguo de México (MUJAM)enclavado en un inmueble de la calle Doctor Olvera, en el famoso barrio de La Doctores, es un “disco duro donde se almacena y exhibe una parte de la memoria de la ciudad de México que fue y que tiene que ver con los infancia y los juguetes artesanales que alegraron esos años a los pequeños desde hace al menos 50 años”. Ahora ya sólo hay aparatos electrónicos y pantallas que encierran más aún en una burbuja a los individuos; los códigos han cambiado en la era de la tecnología. Entre las piezas más viejas que exhibe se encuentran unos muñecos de porcelana japoneses del 1850 y una colección de extraños juguetes franceses de 1890 donde uno de los gallos tiene plumas reales.

 

El arquitecto Roberto Shimizu convirtió su casa en galería para mostrar al público las miles
  de piezas que ha coleccionado a lo largo de su vida; unas las ha rescatado de la basura 

 

¿Qué son los juguetes para nosotros? Para unos son los recuerdos grato de la infancia; para otros, mercancía, pero para algunos son la capa arqueológica de la ciudad de México que ya fue, recuerdos físicos que describen, por metonimia, cómo era la urbe aspiracionista de los años 40 del siglo pasado a los 90. La capital mexicana sufrió una transformación después de la Segunda Guerra Mundial cuando fue invadida por millones de personas de provincia que buscaron aquí su Sueño Mexicano sin cruzar la frontera de Estados Unidos. En esa oleada ocupación se encuentra una parte de lo que fuimos: la niñez, donde los tipos de juguetes que nos regalaron marcaron nuestra identidad. Existen los trompos de madera, canicas, papalotes, carros de bomberos, aviones, trenes, casas de muñecas, máscaras de luchadores, trompetas, yoyos, luchadores de plástico, matracas y una larga lista de objetos que fueron relegados con la llegada de la era digital. En el lugar se exhiben alrededor de 35 mil piezas de diferentes épocas, pero dice Roberto Shimizu que su colección particular es de más de 1 millón de objetos. Sin duda, éste es uno de los lugares a conocer en la ciudad de México; hay que tomarse al menos dos horas para ver a detalles cada una de las piezas que nos van a llevar, como un túnel del tiempo, a esos momentos que ahora están olvidados, pero que abrirán, como señala su coleccionista, como una llave esa parte de nuestra mente de nuestros primeros años.

 

Entre los planes que tiene ahora el museo están la de expandirse a más salas donde, entre otras cosas, mostrará una amplía colección de películas de luchadores, con cartas y máscaras de los famosos gladiadores del pancracio como son Santo y Blue Demon. También alista un programa de residencias para artistas urbanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esculturas Basura

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La ciudad de México está llena de esculturas que no tienen ninguna función estética, como ésta que se encuentra afuera de un estación del Metro. Debería haber una limpia en la metrópoli para retirarlas y cambiarlas por otras.

Juguetería

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Miro la planta que he dejado sobre la duela del estudio. En la calle no hay nadie; a todos les dieron permiso de faltar en sus trabajos. En el mundo de la normalidad es así. La realidad burocrática tiene sus espacios y días asignados para la felicidad. El juguete que se lanza a todos. La planta sigue absorviendo en sus poros la luz solar que entra por la ventana. Tomo otro sorbo de mezcal. Me asomo por la ventana y agradezco que no se escuche ni se vea algún vehículo. Sólo la voz de Tom Waits que se propaga por toda la habitación como una bomba de neutrinos que destruye la cotidianeidad. Quisiera ser la planta.

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