Cuaderno 2 apunte 79304

Sigo perdido en un vagón de tren urbano. No sé si es de día o de noche. Hace tanto tiempo que soy un topo y no me he percatado de los cambios. Aquí todo es oscuro. Nota: no soy el único, he visto que hay otros como yo pero no nos hablamos. La mirada en blanco basta para conocer la situación. No quiero que me rescaten: ustedes si pueden salvarse háganlo.

Instrospección en la era de los escaneadores de pensamiento

@urbanitas

 

Revisité  Strange Days (1995), la película de Kathryn Bigelow, donde aparece Juliette Lewis con unos tipos que trafican chips que tienen videograbadas las experiencias visuales de las personas, como si se tratara de una colección de cortometrajes hackeados de la mente de los individuos. Un YouTube creado por la mente de los usuarios que se conectan a dispositivos y proyectado en unas gafas especie Google Glass. Se conectan, mediante una extraña diadema o sensor de realidad virtual, a las sensaciones que les reproduce el aparato y con ello pueden ver todo tipo de hechos que, en efecto, sucedieron en tiempo real: asesinatos y violaciones, por ejemplo, que son las real movies más solicitadas por el underground tecnológico de esa ciudad cinematográfica.

 

Suena macabro que se haga realidad; es fantástico para los que se encuentran sumergidos hasta el fondo de la Sociedad del Olvido. Sales de tu casa, te diriges a la escuela o al trabajo u otro destino. Caminas sobre el delgado hilo de la amnesia. Has llegado, pero nunca fuiste consciente de lo que ibas sintiendo en el trayecto. La ciudad te devora, te engulle y luego te vomita a eso que llamas realidad concreta. Te arroja a un espacio neutral de sobreinterpretación; a un lugar de calderas, tubos, vapor y gente. Así es la ciudad horizontal, esa en que nuestro yo sólo es una sintaxis estadística en busca de excepción.

 

El argumento de Strange Days lo conecté a otro de un libro con título irrecordable donde unos antropólogos contratan a una especie de médium, que con sólo tocar los objetos es capaz de ver o recrear en su mente todo lo que está relacionado con él. Como si estuviera viendo una película en unas Google Glass activadas en su hipotálamo. La conexión que dicen sentir es tan poderosa que de pronto se describen, como si fueran transportados, a una zona perdida del centro de Europa y, en específico, a un área donde presumen estuvieron los primeros pobladores del continente. Luego comienzan a describir cómo eran esos antepasados, cómo vestían, dónde vivían, cómo eran sus mujeres y hasta el lenguaje que usaban.

 

El filósofo eslovaco Slavoj Žižek lo describe de esta forma: “¿La más paranoica de las fantasías americanas no es que una persona que vive en una pequeña e idílica localidad californiana, paraíso del consumismo, de repente empiece a sospechar que el mundo en que vive es un montaje, un espectáculo organizado para hacerle creer que vive en un mundo real, mientras, en realidad, todos los que le rodean no son sino actores y extras de un gigantesco espectáculo?”.

 

Otra película: El séptimo sello, de Ingmar Bergman, en específico el diálogo del caballero y la Muerte:

 

-¿Quién es usted?-, pregunta el caballero.
-Soy la Muerte.
-¿Vino a buscarme?
-He caminado mucho a su lado.
-Eso lo sé.
-¿Está listo?
-Mi cuerpo lo está, yo no.

 

La Muerte da un paso y amaga con llevarse al guerrero pues levanta su enorme brazo enfundado en una larga capa oscura. “Espere un momento”, interrumpe el soldado.
“Todos dicen eso, pero no propongo las cosas”, ataja la Muerte, pero el inteligente señor la reta a jugar una partida de ajedrez, “si pierdo me lleva”. Ya expresaba Jean Baudrillard en La transparencia del mal: “Si me pidieran definir a mi época, diría que vivimos después de la orgía”. Necesidad de reinventar lo que sentimos y vemos, ser otros. Perdernos en la orgía de las imágenes y la experiencia de los demás y llegar, de forma paradójica, a lo que podemos ser nosotros.

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Solipsistas

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Te has despertado con la sensación de que el sueño que has tenido esta noche lluviosa es la continuación de otro del cual no tienes el menor indicio que sea verdad, sólo la memoria grabada en tu cuerpo. Vas y vienes. Tu mente viaja al doble de la velocidad de la luz, pero tu cuerpo es pesado como una montañana de hierro. Te has despertado. Te asoma a la ventana con las cortinas cerradas. Apenas asomas tu ojo a la calle. Está vacia: no hay nadie en la calle y llueve. «¿No ves ese perro negro que ronda por los sembrados y por el rastrojo?… Es como si tendiera sutiles lazos mágicos alrededor de nuestros pies… El círculo se está cerrando, ya lo tenemos encima.»… A dónde se han ido todos, preguntas sin mucho interés de conocer la respuesta. Estamos solos todo el tiempo, te han dicho los libros más importantes escritos por sabios. Quieres acabar este post sin sentido y seguir bebiendo tu café. El mundo es de solipsistas.

Preparas café

Te levantas, vas a la cocina y preparas café. Te asomas por la ventana y piensas que todos están locos de remate yendo a prisa por la vida.

Ciudad que se extiende bajo nuestros pies

@urbanitas

@urbanitas

Ciudad subterránea,/ Ciudad sangre,/ Ciudad que se extiende bajo nuestros pies,/ Sin fin, sin conocer el sol, dice el poema Mañana de Javier Moro y Carlos Ramírez publicado en Los Salvajes de Ciudad AKA, un texto que se distribuye de forma atomizada por la capital mexicana como un susurro que se mete al Metro a las 7:20 de la mañana, no puedes entrar de lo cargado de gente que van los trenes por los intestinos gruesos de la urbe que amanece somnolienta y dispuesta a vencer, ahora sí, a su destino.

La poesía también se ha extendido más allá de la experiencia del enamorado que sucumbe ante la mirada distante de su objeto amoroso, del que describe cómo sucumbe descorazonado al abismo de la soledad a la que le arroja el desdén del prójimo que no se encuentra en el círculo mágico de la seducción y sus rituales. La ciudad remplaza en algunos trovadores la imagen de un hombre o mujer idealizados. En “Constelación”, Jorge Fernández Granados escribe: La ciudad es un resuello,/ un contingente de animales misteriosos,/ transmutada,/ infeliz./ La ciudad,/ torpe esqueleto de rutas y monumentos,/ ombligo líquido que duerme/ un sueño largo y oscuro con veinte millones de pasos cubriéndole la tristeza

Para Los Salvajes de Ciudad AKA, entonces la capital mexicana es esa mujer insomne de calles vacías donde la noche silencio se descubrió violada/ por el canto afónico de un asesino serial/ que aferrado a su guitarra gritaba/ “We are the decadence. Quizá la poesía se estancó, dejó de crecer por esa actitud asumida por algunos de malditos, dice Javier Moro: de pronto todos éramos malditos y teníamos un lenguaje elevado, distante, dizque divino; de alguna forma provocó que no evolucionara este género al que uno no pide pertenecer como si se tratara de un club, sólo uno se descubre.

Llegó al DeEfe a los siete años de su natal Colombia, aunque desde entonces no se ha ido lo que refuerza su identidad del chilango que viene de fuera y hace de esta metrópoli su espacio de búsqueda en el barrio de la Peralvillo. Cuando llegamos a la ciudad/ no había edificios altos/ ni trenes bajo la tierra/ los techos eran de cartón/ y había más lodo que en el pueblo, los ecos de una infancia que remiten a otros nodos habitables, otros ritmos ya desaparecidos, porque al final de todo, la Ciudad de México es una fosa que guarda en la humedad silenciosa y ciega sus edades, sus capas geológicas, cementerio. Tarde descubrí que esta ciudad / es de tendencia suicida, expresa en otra parte del texto que debe ser leído mientras Carlos Ramírez (Kobra) musicaliza desde una tornamesa y unos gráficos atrapan la mirada de los asistentes.

Los rituales digitales contemporáneos le han dado a los poetas, los que se asumen como tales, la facilidad de proyectar sus sampleados textos sobre muros iluminados con láser, donde imágenes nativas nos remiten a lo que vemos todos los días en la calle porque en esta ciudad todo es música/ y caminamos por las calles llenas de danzantes/ bajo un ritmo frenético/ y papá decía/ que todos descubrían cada día/ un nuevo espacio/ en esta galaxia de territorios colonizados”

El Metro, amores fugaces, recuerdos de la infancia, los ambulantes, televisores que despiertan a hombres operados por traumatismo craneoencefálico y azoteas con paisajes cableados sosteniendo las calles en medio de un ambiente de violencia generalizada forman parte de un vinil de palabras de mil ejemplares que si corren con suerte pueden adquirir en alguna librería de NeoTenochtitlán o tirado en las escaleras eléctricas donde vive la ballena metálica naranja que se engulle a cinco millones de personas al día. O quizá se los regale alguien por equivocación, cuando piensen que esta ciudad es para salvajes,/ para aquellos que aman el frenesí/ de una tierra que los devora,/ para aquellos que derriten el pavimento/ y dibujan en las paredes /ecos de una vida sin esperanza.

La fuerza de los volcanes

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Popocatépetl en náhuatl significa «montaña que humea»; entre 1994 y 2008 lanzó 30 megatoneladas de gases, de acuerdo con datos del Instituto de Geofísica de la UNAM. En las comunidades que se están a 15 kilómetros a la redonda se encuentran los graniceros o tiemperos, uno de los sacerdotes que tenían los pueblos nativos para protegerlos de las tempestades que arrasan con los cultivos.

¿Pero cómo se elige a un granicero, nace o se hace tiempero? A los seleccionados, por decirlo así, les cae un rayo; si sobreviven, pasan a la contada lista de personas que se convierten en los protectores y cuidadores de los volcanes. Otros, como Doña “S” jefa de tiemperos de una de las comunidades rurales de las faldas del Popo, fue elegida por su abuela y pertenece a un linaje de graniceras que tiene 16 generaciones y registra su fundación a finales de los 1500.

Tiene el poder de curar desde los sueños; “ellos deben darme un objeto personal para buscarlos y verlos en mi sueño y saber qué tienen”, dice mientras le quita las hojas a unos elotes ansiosos por zambullirse en el agua hirviente de un bote de lámina cuadrado, calentado en una fogata encendida dentro de una choza. El piso es de tierra. Su mirada transparente. Su cabello cano sujetado en dos trenzas le cae sobre los hombros. La sanación es un Don y el poder se hereda de madres a hijas de graniceras, comenta, pero con ella pasó algo extraño: el mando no se lo heredó su mamá sino su abuela, hubo un salto inesperado en el traspaso de uno de los linajes más antiguos de curanderas que existen en las faldas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, donde aún se encuentran grupos sociales que conservan rasgos, lengua y tradiciones que vienen desde antes de la invasión española.

-¿Irme de aquí donde mi familia ha permanecido al menos 500 años? No me voy a ir de aquí. Aquí he vivido toda mi vida y los abuelos de mis abuelos, dice doña “S”.

En la cabecera municipal, Amecameca, Estado de México, hay muchos puestos comerciales donde se venden fotografías de diferentes tamaños en las que aparece el Popocatépetl lanzando fumarolas; las imágenes se venden como si se tratara del póster de un cantante de moda o un luchador de la WWA venciendo a su mercadotécnico rival, pero no, se trata del gigante milenario que embellece el paisaje de la zona metropolitana del Valle de México.

La carretera que lleva de Amecameca a los volcanes pasa por una comunidad que si no fuera por los niños que juegan en la calle, pensaría que está deshabitada. En este lugar semirrural se guarda uno de los milenarios secretos de las faldas de los volcanes: los granicerosUno de los sacerdotes que tenían los pueblos nativos para protegerse de las tormentas y nevadas que destruían las cosechas, por ende, el alimento de los próximos meses. Los mitos hacen referencia a hombres y mujeres que salían con un bastón, una escultura de la Virgen de Guadalupe o una cruz en plena tempestad para enfrentarse a ella y con su “arma” alejarla. No es broma. Por eso son de los más respetados en sus comunidades, por eso les llaman tambiéntiemperos y se guarecen en el anonimato de su gente en varias comunidades que viven en los alrededores del Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

Cada 3 de mayo congregan a su grupo social para llevarlos a los 13 templos secretos que existen en los volcanes que ellos amorosamente llaman María Blanca y Don Goyo. Mientras que para el resto de los mortales se trata sólo de dos formaciones geológicas, ellos ven algo más que eso: un despertar, el llamado a un cambio como sociedad. Por eso cada fin de semana entre 50 y 100 personas acuden a los lugares sagrados a realizar misas. Bajo el manto del catolicismo se percibe la presencia de Tonantzin. Aunque ya no hablan el náhuatl, su español cristiano parece invocar a la diosa nativa de la tierra cada vez que se menciona “María”, “Virgen de Guadalupe”.

-¿Irme de aquí aunque haga erupción? No me voy a ir de aquí. He vivido toda mi vida en estas tierras y los abuelos de mis abuelos fueron protegidos por Don Goyo, dice mientras su rostro arrugado se asoma hacia el cráter del volcán del que se considera su sacerdotisa.

“La escritura, el último reducto de la soledad”

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Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) sólo le interesa la soledad, “aunque llegar a la ciudad de México siempre es un placer, es una metrópoli a la que le hice un texto que no formaba parte de mis planes”, dice perfectamente sentado sobre un sillón de estilo victoriano de un hotel del centro de la capital mexicana. “ni siquiera he hecho eso con una ciudad como la que vivo, Barcelona”. Sobre la soledad añade: “Tal vez llegue a la literatura como una coartada porque me gusta estar solo”.

 

-¿La escritura le es suficiente como medio de expresión, no necesita de la fotografía, el cine u otra disciplina?

-No. No me interesa otra cosa que no sea escribir. Me he rehusado a propuestas de realizar adaptaciones de mis obras para el cine y la televisión. La práctica de la lectura y la escritura sin duda es es la última forma de la soledad que es respetada socialmente. cualquier otra soledad preocupa a los demás como si estarlo fuera algo raro. Quizá tal vez por eso llegue a la literatura: porque me gusta estar solo y la uso como coartada.

 

-¿Qué opina del discurso que pontifica la literatura que emerge de las redes sociales o los blogs?
-Tengo una visión por completo resignada, aunque no vencida, de las cosas: quien quiera escribir a la vieja usanza sin recurrir a las herramientas de difusión y edición que provén las redes sociales y los blogs, que lo hagan. Sin embargo, hasta el momento no ha aparecido la gran novela surgida en Facebook o Twitter. Sigo sin verlo. No tengo porque convencer a la gente de que leer es una actividad agradable, que no necesita el perfume tecnológico para resultar fantástico.

 

Su mirada es profunda, dura y oscura. La mezcla con su tono argentino-español.

 

 

-¿Tiene una aversión a los ebooks?
- No, pero yo disfruto la lectura que comienza desde el momento que me llaman de la librería para avisarme que llegó el texto que buscaba. Lo que pasa con el libro es que todo mundo cree que está hablando del libro del futuro cuando en realidad sólo se refiere al futuro del libro. La gente sucumbe al mundo del diseño bajando aplicaciones que nunca va a utilizar o le van a servir. El mercado está planteado de esta forma: que el próximo año la empresa te haga creer que no estas a la altura que necesitas actualizarte y comprarte la nueva versión del gadget, como un loop.

 

 

Toma una pausa de unos segundos. Su mirada se pierde en los enormes lentes que usa como si en los cristales estuvieran las palabras que busca para continuar. “Los libros y las buenas historias no tienen que someterse a la mercadotecnia incesante de las actualizaciones del mundo de ciberespacio y la tecnología como si fuera una guerra armamentista. “Ana Karenina” sigue siendo tan actual como desde que se publicó por primera vez, un clásico no responde a las modas del tiempo y el espacio. No tienes porque estarla actualizando o agregarle súperpoderes”.

 

Entre sus palabras ahora surge un comentario sobre el lector contemporáneo, el que lo mismo recurre a los impresos como a los que descargan los textos de internet. “Hay dos tipos de público: el que se sienta a ver al mago sólo para descubrir cómo hace el truco y también está el otro: el que llega, se sienta, se relaja y quiere ser sorprendido. Yo soy de éstos últimos. La gracia de escribir es moverte en la oscuridad luminosa de desconocer a dónde vas o a dónde llegas”.

 

En 2001 escribió la novela “Mantra”, un texto por encargo sobre la ciudad de México. Al respecto dice que su relación con la capital mexicana “viene desde hace muchos años: desde la época en que vivía en Buenos Aires cuando llegaban toda clase de películas de luchadores, mariachis, telenovelas, comics. Mi esposa y mi hijo son mexicanos, lo que hace que mi relación sea más íntima, estrecha.

 

Para concluir enfatiza que “ahora ya estoy llegando a la edad de la relectura. Es el momento en que vuelves a esos libros que leíste rápidamente y mal en tu juventud o no con todas tus facultades desarrolladas. Siempre regreso a John Cheever, Kurt Vonnegut y Marcel Proust; “si me dijeras que sólo tengo tres autores para arreglarme el resto de mis días optaría por estos tres escritores, con ellos tendría suficiente”.

 

Estuvo en la ciudad de México para participar en el coloquio Nuevas Escrituras, Nuevas Lecturas del Festival de México en el Centro.

Memorias rescatadas de la basura

Desde hace cuatro meses se encuentra desaparecido el tío Roberto, no se llama así, pero hay quienes no quieren que sepa de esto. Hay quienes aseguran que existe una banda  de agentes federales y capitalinos coludidos con una banda de robo a transportistas que opera en el oriente de la Ciudad de México. “Los policías hasta les prestan sus uniformes y patrullas para que vayan a detener a los traileros en falsos operativos carreteros” para quitarles su mercancía y transportarlas sin sospecha hacia bodegas clandestinas que surten a los tianguistas de varias zonas del DF.

 

La última vez que lo vi fue en una de las calles de un barrio de la ciudad donde me aconsejó que no volteara a ver a la mujer que venía por la esquina con su vestido-minifalda, luciendo cadenas y pulseras de oro (no sé si de chapa), cabello teñido de rubio, sandalias, labios pintados de rojo carmesí, desplazándose por la banqueta como si se tratara de la alfombra roja del Óscar. “No la veas, hazte pendejo. Mira para otro lado”, dijo la voz rasposa del tío. Concentrado en la influencia del Topus Urano en el insoportable calor y la ferocidad de las personas por destruir a quienes los miran, llegó el aroma alquímico de sus perfumes que se abrían paso entre taquerías, talleres mecánicos, la basura estancada en las banquetas, el humo de la mariguana que llegaba de indeterminados epicentros y el sudor. Una película mental dentro de otra película donde ella era la exótica mujer que se paseaba en un barrio sin futuro como un pavo real de zoológico en domingo.

 

“A ella le en-can-ta que los hombres la morbosien sólo para que su macho salga de su casa aachicalar a los que observan a su esposa”. Una araña que tiende la trampa. “Su marido acaba de salir del Reclusorio Oriente donde ha estado muchas veces por  los delitos de homicidio y robo. Es uno de los jefes del penal, ya no tarda en regresar, se ve que no es muy feliz afuera”. Aquí cada rato vemos cómo ella primero enfrenta a sus acosadores con un “qué me ves pendejo” y tras varios insultos, los cachetea y cuidadito con que le respondas algo… ¡uy! porque enseguida va por su macho para que destroce de una vez por todas a los que la miran… y como es uno de los pesados del penal, pues nadie mete las manos porque encima no viene solo: siempre trae a cuatro escoltas armados que lo siguen a todos lados”. Nada nuevo: la historia de las víctimas y los victimarios de siempre con el extra de la dama que se excita al ver cómo los puños de su hombre le rompen los huesos al que minutos antes se atrevió a meterla al castillo de sus fantasías.

 

No hay denuncia ante las autoridades por su desaparición.

 

La última vez que lo vieron iba en su vehículo por la carretera México-Querétaro. Hallaron el automóvil con las puertas abiertas, cocaína en la guantera, sangre del lado del conductor, una mochila con dos armas y una botella de ron sin tapa.

 

Los familiares sospechan quiénes fueron los que se lo llevaron y porqué. Creen que a la mejor ya no está con vida, pero no pierden la esperanza de recuperarlo sano y salvo.

 

Las calles salvajes son como potros indomables que necesitan de valientes Quijotes dispuestos a morir en el intento. Esa es una de las formas de escalar de nivel en la cadena alimenticia del reino de los suelos. En el mundo de los aztecas la única forma de ascender era convertirse en un gran guerrero para que los tlacuilos (los escribas) lo rescataran del basurero de la historia, de lo contrario, sólo quedaba el olvido, la sumisión, la esclavitud, la nada. Para unos, la ruta no es como la de los antiguos guerreros que anhelaban la muerte en el campo de batalla para honrar a sus dioses. Ahora no hay dioses, no hay futuro, sólo un árido desierto de ambiciones. “Nos metimos dos ácidos para bajar todas las motonetas de un tráiler esta noche”, dijo una tarde de domingo uno de los ayudantes del desaparecido tío Roberto. “Nos fue muy bien en el trabajito, todo salió bien. Le dimos su mochada a los policías para que nos escoltaran hasta acá”, añadió sonriendo como si se hubiera tratado de una travesura de niños de primaria durante el recreo.

Nostradamus bolea zapatos en NeoTenochtitlan

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“Te boleo los zapatos por 15 pesos y te leo la suerte gratis”, dice en tono alto una voz barrial que se expande por la calle ruidosa. Un hombre delgado con ojos claros como de tigre se clavan en las páginas de un rotativo de nota roja mientras la gente pasa a su lado y lo escucha sin detenerse. Su caja de boleo está adornada con unos pequeños retratos enmicados de personas que aparecen con manchas de colores fluorecentes alrededor de sus rostros para darles un ambiente parapsicológico, como esos donde se ejemplifica el aspecto del aura.

 

“Treinta mujeres en el comedor de Kímica Nohóltl me preguntaron que cómo quería llamarme y les respondí que Lustradamus, porque le lustro el calzado y te leo el futuro”, agrega en tono sonriente mientras acomoda a su clienta con botas de punk. Levanta el pantalón para no ensuciarlo y comienza a limpiarlos del polvo con un cepillo. Su nombre “cósmico” hace evidente referencia a Michel de Nôtre-Dame, conocido como Nostradamus, famoso astrólogo provenzal que vivió entre 1503 y 1566 y que es citado hasta ahora por su obra “Las verdaderas centurias astrológicas y profecías” publicada en 1555.

 

Una pregunta del tamaño de la inabarcable NeoTenochtitlan sería ¿Lustradamus es el único bolero de la ciudad que lee el aura, pasado, presente y futuro de sus clientes? ¿Todo por el mismo boleto?

 

Cuatro días antes de la elección del Papa pronosticó que el pontífice sería “trigueño y de mente traviesa” (según un texto que reparte a cada uno de los que llega con él a darse bola) así como que en la ciudad de México habrá un fuerte sismo oscilatorio de 7.7 grados que dejará muchos daños este año y la erupción del Popocatépetl. “A mí me dicen el azote de los adivinos; he enfrentado al Brujo Mayor que en todas sus predicciones se equivoca; yo ya me salgo de mi cuerpo para reunirme con Seres Superiores”, presume Lustradamus a la vez que no deja de atender el calzado alto de su clienta a la que ahora le pregunta:

 

-¿Quieres que te diga de qué color es tu aura?
-Sí

 

Luego de cerrar los ojos alrededor de 10 segundos y sin abrirlos describe: “Es amarilla y roja, lo que manifiesta que eres una mujer muy sensible, te entregas a los demás, te gusta ayudarlos y tienes muchas reencarnaciones en esta vida. Tienes a una mujer que ye ha ayudado a salir de los problemas más fuertes”.

 

-¿Una mujer?, ¿Quién? -dice ella con sorpresa.

 

-Sí, ella”, explica y señala hacia hacia su izquierda, a una parte donde sólo se ve una cortina oxidada de un comercio. La chica voltea, pero no ve nada. Son los personajes de la metrópoli. “Desde los cinco años tengo esta capacidad para ver los seres del mundo metafísico. Toda mi vida me la ha pasado boleando en diferentes partes de la ciudad. Si quieren verte busquen en Youtube donde tengo 10 videos. Sólo les quiero decir que el planeta se inclinará más. Vendrán más sequías, aguaceros, tsunamis, etcétera.

 

Ah, vean sólo las virtudes de sus seres queridos”.

 

En el poliedro de la vida cotidiana unos buscan encarar el presente con la ayuda de brujos, hechiceros, chamanes, tarotistas, sacerdotes y demás integrantes de la vida mágica. Unos llegan a esa esfera sin querer, cuando Lustradamus en lugar de extenderles un periódico para repetir el ritual autista de la boleada les dice que viene y va al mundo los espíritus. Así es la ciudad. Un laberinto con pasajes secretos y personajes que sobrepasan la ciencia ficción.

 

 

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