El cine porno de la Ciudadela

Desde la taquilla se puede escuchar el sonido local del cine Ciudadela que reproduce a alto volumen los gemidos de una actriz porno que hipnotiza a los pocos asistentes que la observan desde las butacas. En la calle pasa el Metrobús, unos niños juegan junto a  puesto de dulces. Algunos se asoman a ver cuál es la cartelera del día; o se alejan o entran a toda prisa cubiertos con una gorra que les oculte el rostro. El gemido continúa. Luces apagadas y carteles de mujeres desnudas a lo largo de un pasillo semioscuro trazado por leds instalados en el piso enmarcan una advertencia de la gerencia del establecimiento:  “Se consignará a toda persona que sea sorprendida realizando actos inmorales. Periódicamente se prenderán las luces de la sala”.

Los cines porno se han convertido en una rareza en la ciudad (ya quedan menos de 10), porque entre otras cosas, internet alejó a los potenciales cinéfilos a la privacidad que dan los dispositivos móviles.  La masificación de la pornografía a través de la red de redes es inversamente proporcional a la individualización que facilitan las computadoras personales. Los cines tres equis fueron reemplazados por YouPorn y las miles de páginas web que proliferan en el ciberespacio con contenidos gratuitos y en HD, al menos los nuevos aficionados al material para adultos satisfacen sus intereses de forma virtual. Privacidad entre comillas ya que cualquiera, con el software necesario,  puede espiarte y  ver lo que ves o haces frente a la PC sin que te des cuenta.

El segundo paso una vez en la sala es determinar si sólo quieres ver la película solo o acompañado. El medio es el mensaje y es muy sencillo traducirlo: sentarse en la primera butaca de la fila significa que no quieres que un espectador sienta “piedad” por tu soledad y quiera ver el filme contigo para que no estés solo. Lo demás es cuestión de imaginación y aventura. El señor que cuida los baños dice que nadie entra a  ver la película como en un cine normal; que se trata de un ritual sexual para conocerse a sí mismo en el cuerpo de un desconocido. “Sólo eso”, agrega, y encoge los hombros en señal de que no hay nada más allá de lo conocido.

El auge de estos cines comenzó en los años 70 cuando se volvió más lucrativo para los dueños proyectar filmes de contenido sexual que la estrenos de Hollywood o los churros mexicanos, hasta que el gobierno privatizó su cadena de salas, la Compañía Operadora de Teatros,  y  luego llegaron las cadenas internacionales. Ahora sólo quedan las huellas endebles de viejos cines con nombres como Marilyn Monroe, Venus, Cinema Río, Sonora, Savoy  o el Teresa, que ha sido transformado en una plaza donde se vende todo tipo de teléfonos celulares.

El manto de la noche cubre de anonimato a los cinéfilos que abandonan el cine en la última función. Unos se pierden entre las calles o la avenida Balderas, otros van en busca de los sexoservidores que se han instalado en el parque de La Ciudadela. La sala oscura, como una isla urbana donde sus habitantes encuentran desahogo y tregua, se amplía hacia el asfalto que da refugio a los solitarios.

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