Shiraz

Una copa de vino shiraz sobre la alfombra en esta mañana tarde o noche en la ciudad. La paranoia que me ha generado la lectura voraz de la nota roja me ha llevado a encerrarme en una ostra llamada Distrito Federal ante el temor a ser ejecutado por un sombrerudos armados en un descampado de un pueblo olvidado en la nada de un país que todos llaman México.  El discurso oficialista de un régimen que ha desatado una guerra de 15 años   que dejará 200 mil muertos regados por todo el territorio. En la televisión los noticieros están saturados de muertos y tragedia. Imposible -se lo has dicho a  ella- hallar 10 segundos de tregua por eso mejor apagas la televisión enciendes un cigarro y subes a la azotea roja y te quedas el resto de la tarde… pero vuelves a tu copa de vino shiraz.  Me pierdo en el diseño mismo de las reticulas de tiempo en forma de música. Un fotógrafo tuvo la genial idea de nombrarlos “instantes decisivos”, como si no fueran, fenomenologicamente, decisivos.  Pilotea por mi mente el encuentro de dos personas desconocidas en un café de la Condesa. Uno de ellos le dice al otro “qué casualidad verte” y mientras lo expresa usa una sonrisa que podría calificarse de agradable, casi creíble, pero a final de cuentas fingida. Lo expresa mientras el halagado se evapora en una nube de elogios ante mí, a dos metros de distancia entre el humo y una infusión oscura y caliente en una tarde brillante y despejada.  Una cosa es que muchos estén por mero accidente y otra es que todo sea casual. Conserar que la mera suceción de accidentes sin sentido es la columna vertebral de proyectos de vida también sería decir que todo es un mecanismo que no busca un fin y que en sí mismo no genera conciencia ni transformación.  Casualidad es lo que experimentan los zombies. Doy una fumada; de pronto ya no los escucho. Sólo veo que mueven sus manos pero no los oigo. Como si alguien se hubiera lentado y bajado el volumen a eso que se llama realidad y me dejara en medio de ese escenario… Una imagen; luego otra… La emergencia en las plantas atómicas de Fukushima, Japón, y la lluvía de nieve nuclear que caen en el Buenos Aires del Eternauta en los años 50 se sobreponen en una sola fotografía mental y desnuda la verdadera condición del ser humano: desprotección ante los fenómenos que lo rebasan y  destruyen, pero de eso quiero hablarles luego.

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