La Aguilita

Si te sientas a tomar un expreso doble en el café Bagdad lo podrás ver. De una de las vecindades que rodean la fuente de La Aguilita se asoman los rostros duros de tres forajidos del asfalto que paranoicamente observan a cualquiera que cruza la calle. La desconfianza y el temor no sólo es el efecto que la piedra y la coca causan a consumidores: no quieren que los agentes los apañen con el cargamento de electrodomésticos atracados a un tráiler que interceptaron sobre calzada Zaragoza. «Nos metimos unos ácidos para aguantar toda la noche», dice El Maik mientras se prende un cigarro de cannabis y luego lo comparte con los demás.

A unas cuadras de allí se encuentra la zona roja de San Pablo, donde decenas de individuos que con hastío parecen satisfacerse viendo a las mujeres de vestidos ajustados y minifaldas que con trabajo ocultan la parte baja de las tangas que entran y salen de los baratos hoteles de La Merced, entre locales de cocina árabe, puestos de comida, cantinas, refaccionarias de bicicletas e inmuebles históricos a punto a desplomarse.

Según el dicho popular, en La Aguilita, justo donde está la fuente que no sirve desde que el gobierno de la ciudad remodeló la plaza, hace 713 años un grupo de guerreros y sacerdotes autodenominados aztecas llegaron  en busca del lugar donde construirían su imperio, y ese sitio les fue entregado allí, por eso la fuente inservible reproduce la escena del águila devorando a una serpiente sobre una nopalera, como según algunas fuentes históricas remontan a una mañana, tarde o noche de 1325.

La mente viaja por el tiempo. De pronto proyecta una escena similar no muy lejos de allí, en Tepito, a una cuadra de donde vive el mítico Alushe, ese pequeño duende maya que acompañaba a Tinieblas en sus peleas de lucha libre. Sobre el punto de fuga se hace cada vez más grande la imagen de una mujer hermosa que no llamaría la atención si caminara en Polanco o la Condesa, pero no en una calle-tianguis de fayuquería, individuos armados y metiéndose coca para aguantar el bajón de una fiesta casi infinita de no ser porque la muerte es pareja con todos. «No la veas, no la veas», dice uno los forajidos del intrépido tepiteño, «le gusta decirle a quien la morbosea ‘qué me ves pendejo’, pero no es todo, va por su marido que es el más culero de aquí para que venga a ponerte en la madre. Ella lo disfruta». Así pasa a nuestro lado presumiendo su ropa de marca, quizá pirata, cadenas de oro y su blanca piel en tierra de morenos.

El café Bagdad tiene más de 50 años y lo mejor son su cafetera, molino, tostadora y báscula, las mismas desde que abrieron este lugar, una de las joyas de esta ciudad que se hunde. Ahora es una calle peatonal y forma parte de la recuperación del espacio público desde hace dos años.

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